martes, mayo 08, 2012

El descenso final

Recuperando el calor

 Al despedirme, Dharma me aseguró que el camino que debía seguir no tendría grandes subidas sino que se mantendría más bien plano. Para mi alegría, este fue prácticamente el único dato concreto y correcto que recibí en toda la travesía. Las condiciones del camino no eran buenas, pero tampoco infernales como las de las semanas anteriores. Efectivamente, avancé tanto sin pendiente como con leve pendiente hacia abajo la mayor parte del tiempo. El sol había salido y a medida que iba perdiendo altura podía sentir cómo el cuerpo iba recuperando el ya tan añorado calor que sentía haber perdido hacía ya una eternidad. El marrón, árido y sórdido de los días de hielo, se volvió nuevamente verde y ameno; la nieve quedó reducida a la cima de algunos picos circundantes y los valles atravesados por ríos y riachuelos cristalinos se veían fértiles en todo su esplendor. Paralelamente, experimentar el placer de volver a sentir el calor entrando en el cuerpo, un sentimiento que ya me resultaba hasta casi ajeno, permitía que pudiera vestir menos ropa y quitarme las prendas de abrigo que no me había quitado por más de dos semanas ni para dormir. La diferencia entre pedalear por encima o por debajo de la franja de 4000 mts de altura es abismal, desde la temperatura promedio diaria, los fenómenos atmosféricos, los colores y geografías de los paisajes circundantes hasta los mismísimos efectos de la altura en el cuerpo. Todo cambia. Con el cambio, cedieron las nevadas y volvieron las lluvias intermitentes una o dos veces al día. Seguía por un camino muy remoto y pequeño, casi únicamente conocido por los pastores nómadas y semi-nómadas que habitan la región.


Me cruzaba más frecuentemente con gente yendo y viniendo en moto y me sentía más acompañado. La gente sonreía y se sorprendía gratamente al verme pasar. En un quiebre del camino encontré un tumulto de gente alrededor de una gran tienda, era fin de semana y día de casamiento y muchas parejas de todos los asentamientos de la región habían concurrido allí para la celebración al aire libre. Mi presencia causó revuelo, la gente estaba tan emocionada al verme allí que me tironeaban de un lado para el otro.

sábado, mayo 05, 2012

La ardua vuelta a tierras bajas

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Resbalar, caer, levantarse, resbalar......

 
Un sol radiante y un cielo prístino inundaban de luz el interior de la tienda desde las primeras horas del día a través de sus delgadas paredes de tela; era tal la intensidad de la luz aumentada aún más por el reflejo en este vasto paisaje nevado, que era imposible mantener los ojos cerrados para poder seguir durmiendo. Los nómadas ya habían comenzado su día hacía rato, ordeñaban los yaks, arreaban las ovejas y ponían en marcha las actividades diarias; pero yo, de sólo sentir el frío en la nariz, no quería salir de mi refugio bajo la pila de mantas de yak que me mantenían caliente, aún habiendo dormido oliendo las tripas de yak que colgando del medio de la tienda gotearon sangre a algunos centímetros de mi cabeza durante toda la noche.
  En las semanas anteriores ya había pasado por algunas de las pruebas más duras que hice en mi vida de viajar en bicicleta, sin embargo, y como si no hubiera tenido suficiente, volvería una vez más a experimentar el rigor de la región. Saliendo del campamento nómada arranqué inmediatamente pedaleando en subida. Con el camino (o lo quedaba de él) completamente cubierto de nieve y la pendiente, la bicicleta estaba horriblemente pesada, y los músculos, al no haber siquiera podido entrar en calor, costaba un triunfo hacerlos trabajar, sin mencionar el riesgo de los esfuerzos en frío. El frío era intenso pero el sol, que enceguecía los ojos aún llevando las gafas puestas, lo hacía relativamente más ameno. Estaba absolutamente solo y el camino se hacía cada vez más y más duro, pisada a pisada en el pedal podía sentir a la velocidad que drenaba mis energías, las cuales a esta altura ya de por sí, eran pocas. La inmensidad del valle y el dramatismo de tan espectacular geografía junto a los picos gigantes apareciendo en el horizonte me motivaban al tiempo que me intimidaban.


 Me estaba llevando una eternidad y un desgaste anímico enorme avanzar tan sólo unos pocos metros, la pendiente por momentos se volvía tan empinada y la nieve y los cascotes tan traicioneros que debía bajarme y empujar. Pasados los 4500 metros de altura me encontraba en un inmenso desierto de nieve y hielo, los tres picos sagrados flanqueaban desde lo alto un paisaje que no daba respiro. Dradul Lungshok con sus 6090 metros y laderas delicadamente onduladas estaba cubierto de un manto blanco e inmaculado casi como el terciopelo atomizando en millones de pequeños puntitos el brillo del sol. A esta altura alcanzaba uno de los sentimientos más hermosos del viajar, el de sentirse infinitamente endeble e insignificante ante el irrevocable poder e inmensidad de la naturaleza, un sentimiento que se apodera de mí.


 Los metros seguían pasando e iba trepando ladera tras ladera hasta que empecé a dar con fragmentos de hielo donde me di varios golpes duros. Intentaba pasar pedaleando pero me caía descontroladamente, intentaba empujar pero era como intentar correr sobre una superficie enjabonada, me caía una y otra vez. Los pies no adherían al hielo y al no fijarse me iba para atrás sin control al tiempo que la bicicleta se iba de costado y terminábamos ambos girando como trompos sobre el hielo.

jueves, mayo 03, 2012

Gente de tierras altas y espíritu de hierro

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Vida de nómadas

  El comienzo me engañó. Al tomar el desvío que me conduciría en camino hacia Amnyemachen venía refrescando en mi cabeza los momentos increíblemente duros por los que habíamos pasado junto a David las dos semanas anteriores; y al pedalear bajo el sol, con un poco menos de frío y yendo en bajada, pensaba que realmente de aquí en adelante el camino sería más sencillo por el resto del viaje. Acaso, cuánto más difícil que las semanas anteriores podría ser? Estaba optimista.
 Durante las primeras decenas de kilómetros, en extensa pero paulatina bajada, bajé desde 4400 hasta 3980 metros. El camino, más que camino, era una travesía lunar. Avanzaba al son del aflojar cada uno de los tornillos de mi bicicleta, los pozos eran cráteres, y de a ratos, el camino adquiría forma de zanja profunda, como si otrora en alguna era geológica hubiera pasado un río profundo por allí.



  Pero luego de aquellos 40km de relativa gracia, alcancé Xia Dawo, un pueblucho de pocos atractivos estéticos , situado en una suerte de depresión geográfica, aunque habitado por tibetanos curiosos, risueños y amables. Desde antes del último descenso al pueblo, ya avistaba un macizo montañoso enorme levantándose en el horizonte y con una brutal tormenta formándose en sus alrededores; pero sólo veía un camino detrás de dicho pueblo y no era en dirección hacia aquella muralla; del sólo hecho de pensar en dirigirme a ella me causaba estupor, estupor que fue hecho realidad al poco tiempo cuando la gente del pueblo me confirmó que efectivamente debería seguir por aquel camino que aún ni siquiera veía y que de hecho atravesaría ese macizo, el gigantesco macizo de Amnyemachen y sus picos sagrados.

miércoles, mayo 02, 2012

Vida arriba de 4000 mts. Parte II

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Días de hielo


Los días continuaban y los pasos no dejaban de sucederse unos a otros. A los tres del día anterior se sumaron tres más el día siguiente. Parecen ser eternos, cada vez más fríos, cada vez más duros; el cansancio se acumula, el paso es siempre lento, cada vez más lento, y sólo restan los suspiros de desazón cuando al final de cada bajada se avista una nueva subida.


  Es significativo ver que para los tibetanos, cada paso de montaña tiene un valor simbólico importante, no importa cuán insignificante parezca, no importa cuán común sea dentro de una serie de pasos, en el paso la gente, si la hay, siempre se detiene. Es como si consciente o inconscientemente supieran cuáles son las cualidades que hacen a su lugar en el mundo algo único. En dichos pasos no sólo nos deteníamos nosotros, con nuestro humilde espíritu de grandeza por el hecho de poder conquistar con sudor y sangre cada uno de estos pasos en bicicleta, sino también la gente local. La ínfima cantidad de tibetanos que se traslada  en pequeñas motitos a lo largo de esta ruta remota entre aldea y aldea también se detiene a contemplar la belleza del pasaje que los circunda.


 El clima tiene una gran influencia psicológica en el carácter de cada uno cuando nos toca enfrentar la adversidad. En aquellos días donde el sol brilla y el viento es poco, no importa cuán destrozado esté el camino o cuántas subidas haya,

martes, mayo 01, 2012

Vida arriba de 4000 metros

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Ascenso a un nuevo mundo



  En abril de 2010, Jyekundo fue arrasada por un terremoto de 7.1 grados de magnitud, el cual dejó un saldo de unos 3000 muertos y más de 12000 desplazados. La ciudad entera encerrada entre gigantes montañas, quedó hecha trizas y hasta esta pasada en octubre de 2011 aún se encuentra en constante reconstrucción, con la mayor cantidad de gente viviendo en tiendas de emergencia . La infraestructura es ínfima, la ciudad es un absoluto caos. Por las calles fluye el lodo sin cesar y rugen los camiones y grúas que van y vienen de las construcciones salpicando barro en todas las direcciones, no hay orden de ningún tipo y todo, desde la vivienda hasta los locales comerciales se monta en tiendas de nylon, que el viento helado y la nieve de esta pequeña ciudad a 3600mts de altura no dudan en sacudir sin clemencia. La mañana fría, gris y sórdida, trajo imágenes de tristeza no reveladas durante la noche anterior, un paisaje que puede ser tan bello como violento, golpeando a su gente con saña y dejándola sin nada, seguramente otro recordatorio más de lo insignificantes que somos ante el poder de la naturaleza, que nos impide olvidar la naturaleza impermanente de la realidad.


 Luego de mi intento frustrado (y hasta utópico) de buscar entre decenas de tiendas sin nombre algún lugar donde pudieran haber quedado pastillas de freno de bicicleta, partimos en camino a Zhidoi. Hacía mucho frío, no habíamos descansado bien y el cansancio seguía acumulándose. El camino a pesar de su buen estado, comenzó a subir inmediatamente al salir de Jyekundo, y no habría de pasar mucho tiempo hasta que comenzara a nevar ligeramente. Cada pisada en el pedal costaba mucho y ambos estábamos con frío y con poco ánimo, o mejor dicho, con ánimos (y necesidad) de descansar más, a eso, se le sumaba mi estrés de seguir casi sin frenos (ni esperanza de encontrarlos), el cual no afectaba al ir en subida pero angustiaba al pensar en las bajadas. Avanzamos unos 40km en subida y resultaban agotadores. Pasados una vez más los 4000 metros de altura entramos en la etapa más alta de la travesía, de la cual sabía que no bajaríamos por muchos días por delante. Por el contrario, seguiríamos hacia arriba y los caminos se volverían aún más remotos y más duros. Allí, con todo esto en la cabeza, se detiene una camioneta conducida por el jefe de la policía de Zhidoi que venía junto a su nuera y dos pasajeros. De origen tibetano, este hombre se ofreció simpáticamente a llevarnos y a darnos lugar en su casa. Lo ponderamos un rato y creímos que sería lo mejor.